No es una crítica
por Javier Veliz

Sigmund Freud (1856–1939), fundador del psicoanálisis, expone en su libro “El Malestar en la Cultura” la molestia del hombre en la sociedad. Freud plantea que las normas que se instauran en la colectividad, así como la interacción humana, generan displacer, incomodidad, dolor; y que ello resulta además de las pautas que se plantean en la sociedad (leyes).

Existen diferentes tipos de reglas, todos los países las tienen para regular el comportamiento social. Así, también, existen normas de carácter supranacional como los Derechos Humanos; los cuales fueron promulgados por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de Diciembre de 1948, dichos derechos son inalienables e intrínsecos a todos los seres humanos.

La declaración de los derechos humanos fue producto de una de las guerras más atroces que el hombre, dentro de toda su inteligencia (la misma que lo convierte en la criatura más evolucionada), ha propiciado: la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, dichas normas no son aún suficientes. La existencia de asesinatos, discriminación, violaciones expresan lo que Freud plantea: la incapacidad de dominar lo que él describe como “pulsión” y que es el deseo que se tiene ante cualquier situación el cual tiene que ser subsanado. No obstante, aquí es cuando la figura de “la represión”, que es planteada también por Freud, surge. Dicha actitud, “la represión”, no es nada más que la abstinencia de “la pulsión” atendiendo a lo que especifican las normas que existen en el ambiente en el cual la persona se desenvuelve.

Es decir, se vive en un ambiente en el que las cosas que se quisieran realizar se encuentran confrontadas con lo que se ha normado para el desarrollo en conjunto de las personas.

No por ello las normas tendrían que desaparecer, es solo reflexionar en lo que pasa en la interacción con ellas. Aquí me gustaría dilucidar, aunque de manera breve, en torno al papel de las personas y su actividad dentro de la sociedad así como sus derechos.

La configuración de las personas es indiscutiblemente social. Pero, si el hombre no puede vivir alejado de sus iguales ¿por qué el afán en transgredir los acuerdos que se pactan para un buen desarrollo en conjunto? ¿Acaso todo intento de normar el comportamiento humano para lograr un bienestar colectivo es poco probable? ¿Es quizá parte de la constitución del hombre el sentido de la autodestrucción y la de los demás?

Uno de los Derechos Humanos fundamentales, además de ser el primero en la lista, es el derecho a la vida. Resulta anecdótico cómo se mezcla este derecho en un lugar que puede resultar tan ambivalente como el consultorio de los doctores; el cual ha sido diseñado para mejorar la calidad de vida de las personas, pero que, por el contrario, se usa muchas veces para asesinar a criaturitas que no tienen responsabilidad alguna en los casos de aborto.

Lo mismo puede decirse de los conflictos armados de carácter internacional o nacional. La Segunda Guerra Mundial resultó un buen ejemplo y más aún con la enorme idea de desarrollar una arma muy eficiente como una bomba atómica; ¿no es acaso la idea más racional que se pueda haber desarrollado? Un solo instrumento, un solo estallido y después nada ni nadie.

La vida en ambos casos, ya sea en el aborto o en caso de cualquier tipo de guerra se circunscribe a aquellos que pueden imponerse sobre el otro. Quizá ese sea el destino del hombre: el de imponerse sobre todo lo que se pueda imponer sin tomar en consideración lo que ya se ha hecho, pues quizá lo único que importe sea la función pragmática de la vida. El usar y botar, el ir asfixiando el medio en el que estamos y nosotros con el parece ser el camino a seguir.

Las normas están, los derechos se hallan, aunque se tome como iniciativa tanto desgarro colectivo. Solo resta reconsiderar el hecho de las pulsiones propias de cada persona y así reflexionar sobre aquello que pasa o que deja de pasar.


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